Me refiero a ti como a dos fieras porque
una herida son dos fieras. Hay que estar
muy herido para referirse, muy herido de lenguaje.
Me refiero al cañón del Colorado. Me refiero a
un abismo desnudo que Christo viste, en la
aurora lo veo en su cresta. Me refiero a la nada,
al punto opuesto donde está Christo. Escribir es
desnudarse, escribir es vestirse. Pero el vértigo
no viste, viste el rojo, el pájaro de sangre, el gorjeo
del pájaro de sangre en Inglaterra: pío, pío.
La que te cubre no cobra por vestirte. Ella, la
doncella leve que sobre ti se deposita, esposa
del esposo, gemela del gemido. Por último,
sin miedo, me refiero a mí.
                  Eduardo Milán





Desde afuera puedo ver lo que pasa. Pasan los medios de comunicación mexicanos mintiendo abiertamente en vivo durante las transmisiones de las enormes protestas en México. Quienes estamos acostumbrados a leer los falsos discursos televisivos, somos capaces de advertir la realidad mientras escuchamos a comunicadores que regañan al pueblo por su comportamiento rebelde. Pienso en los fotógrafos y los camarógrafos que lanzan sus tomas al mundo cuando no hay tiempo de editar imagen y los comentaristas intentan corregir a toda costa en tiempo real, la actuación de las fuerzas federales en contra de los ciudadanos. No tengo más alternativa que percibir desde ahí, y reírme de sus contradicciones. "¡El grupo de anarquistas está atacando a los policías desarmados!" Mientras la imagen en la televisión muestra a los granaderos golpeando con toletes y lanzando gas lacrimógeno contra manifestantes que optaron por hincarse en la calle Madero. Yo no estaba ahí, sencillamente vi esa televisión que 'miente'. "Un joven intoxicado arremete contra los granaderos" en una de las calles aledañas, un joven evidentemente golpeado, furioso, reclamaba el ataque a los granaderos con los brazos abiertos, sin camisa, sangrando de la frente continuaba con fuerza para regresar a reclamar el abuso mientras todos preferían irse. "Yo pediría que primero hicieran un examen toxicológico a ese joven" lanzaba el narrador desde la pantalla, mientras el chico se acercó lo suficiente para ser jalado por el ejercito, arrojado al piso, y vuelto a golpear desapareciendo entre los escudos de plástico de más de quinientos policías federales que llegaron para "Proteger a la población" decía la vos oficialista en la que se ha convertido la televisión mexicana. Ese ejercito que llegó, según dijo la televisión, para proteger a la población, desapareció a ¿cuántas personas esa noche? torturó ¿a cuántos anarquistas detenidos? hirió a cientos, apaleó a mujeres, niños, ancianos, estudiantes y monjas. Yo no estuve ahí, pero lo vi en el mismo momento que sucedió; dos de los periodistas que cubrían el evento en vivo fueron golpeados, y después aparecieron al aire para justificar la acción diciendo que habían sido "confundidos" con anarquistas, a lo que el comentarista declaró "Por uno la llevan todos". 
He visto a muchos conocidos venderse a los periódicos, a las televisoras, a las instituciones culturales; pero me da gusto que este otoño ya las cosas no se puedan ocultar porque la narrativa oficial ha caducado; conocemos muy bien al enemigo y sus tácticas (y lo que el enemigo daba a cambio de unirse a él). ¿Que haría el Estado si todos esos vendidos, por ejemplo en el Sistema Nacional de Publicaciones, o en el Fondo Editorial Tierra Adentro, o en el Sistema Nacional de Creadores de repente dejara sus puestos? Porque hasta los vendidos se están cansando de tener el tolete en la boca y la bota en la cabeza; no importa cuántos viajes a Cancún les organicen, ni cuanto alcohol les subsidie ese Estado; ni a cuantos agasajos en el extranjero sean comisionados. Los vendidos son delicados, tienen familias delicadas y aman la seguridad que les había proporcionado su cobardía, y gustan también de los buenos comportamientos; lo salvaje les parece digno de cabaret, o les provoca náusea, Y el Estado ha levantado la mano para herir ese orgullo clasemediero lastimando su "dignidad" y sus intereses. Los vendidos son vendidos aquí y en cualquier parte, se venden a cambio del bienestar, del privilegio, de la jerarquía, de la alfombra y el reconocimiento. Y hasta esa simulación de reino para intelectuales y artistas que muy bien sabía construir el PRI, se está viniendo abajo, administrada por el mal gusto de las televisoras. Los vendidos no usan diamantes de utilería, como en las telenovelas; cuando alguien no sabe ponerles la corona, los vendidos no tienen empacho en morder. Entonces ahora sí, estamos un poquito más completos y mucho más parejos ¿Qué no? Los vendidos ya son parte del pueblo, y a un pueblo furioso desde la raíz de sus instituciones culturales e intelectuales: a) se le masacra b) se le respeta.


El mundo se está incendiando, y entre alguna de las maravillas del fuego está la purificación. La naturaleza nos suelta de la mano, a ver si ya aprendimos a caminar.  Nos retira a algunos de nuestros más queridos maestros. Uno de mis maestros más queridos ha sido Tich Nhat Hahn "Tai". Que desde hace días se encuentra hospitalizado después de haber sufrido un aneurisma. 
Tich Nhat Hahn es poeta, monje budista, impulsor de la corriente zen "Mindfulness", amigo cercano de Martin Luther King, exiliado por combatir el sistema represor en Vietnam; levantó un monasterio en Francia, y otros tantos en el mundo. Tendrá quizá más de ochenta años. Sus estudiantes más cercanos están preparados para despedirse de él. Yo no he llegado a ese nivel de iluminación. Me he despedido de muchos amigos a lo largo de estos años; me he despedido de muy pocos maestros del nivel de Tai. Pero, gracias a sus enseñanzas, a sus libros, a sus poemas, seguramente sabré qué hacer con mi sufrimiento. Aunque quizá después de haber salido del coma en el que estaba, la naturaleza se compadezca de personas como yo, y nos deje a Tai, por los menos, otros treinta años.


México: Los Supercívicos
¿y los libros? ¿y la casa? ¿y la escritura? sombras
Había vivido metiendo primero el cuerpo en todo lo que vivo. Bueno, ya tengo cuarenta, así que en algunas áreas de la vida no puedo meter el cuerpo tan fácilmente como lo hacía antes. Quizá por eso me he vuelto un poco reflexiva. Me ha comenzado a obsesionar la estructura del pensamiento; también en mi escritura la estructura del pensamiento ha sido fundamental para crear una forma estética, lo sé; pero antes sólo observaba mi propia estructura de pensamiento y la reproducía en cualquiera de mis libros. Ahora reflexiono sobre esa estructura, no sólo la observo y la mantengo intacta, me acerco a ella, me sumerjo en ella y la transformo. Esos viajes me fascinan. Por eso creo que este libro nunca lo voy a terminar: tengo estadísticas, fotografías, vida, talento y cuarenta años. No me importa terminar un libro, me importa escribirlo, hasta donde tope. Así que las preocupaciones de entregas y límites tampoco me atormentan. Me atormentan ya muy pocas cosas. No sé si algo me atormente de veras. No soy feliz, pero eso no me atormenta. No tengo expectativas de ser feliz, tal vez por eso el hecho de no ser feliz no me atormenta. Una sola cosa me atormenta al grado del insomnio y es, el camino del mundo, la sangre del mundo, la violencia del mundo y, claro, el armamento del mundo. Pero esos son insectos mentales fáciles de espantar al día siguiente porque en realidad desconozco todo sobre el mundo, lo que me atormenta es una construcción que hago, una estructura que levanto desde mi pensamiento a partir de algunos datos. Realmente mi cuerpo no ha estado en Syria, ni en Corea del Norte, ni en SurÁfrica para entender o temer realmente algo. Acepto el sufrimiento emocional, la ansiedad, la angustia, el temor a no tener dinero suficiente ¡Ah, cómo nos atormenta el temor a perder cierta estabilidad económica! ¡Y cómo perdemos el tiempo imaginando que si tuviéramos "estabilidad económica" nuestro mundo (el mundo personal) sería diferente! ¿Por qué permitimos que el dinero (códigos, fierro, papel) se vincule a nuestra satisfacción? ¿No es eso morder el anzuelo del control de manera absurda? En fin. No estoy en mi casa hoy, no tengo casa hoy. Pero estoy en un lugar donde existe el silencio, el frío no penetra y la luz me acompaña interrumpida por uno que otro ladrido, maullido o motor. Cuando escucho las quejas de mis seres queridos, cuando veo a alguno de mis amores listo para pelear por algo (defender vilmente un punto de vista para obtener lo que quiere, manipular a través de su elocuencia, hacer planes y estrategias para "avanzar" es sus planes de vida) siento que contribuimos tanto con esa guerra que desconozco, que añadimos dolor al despedazamiento y al desplazamiento de los cuerpos, que sumamos oscuridad a la tortura que, esa sí, conozco cabalmente.
En nuestra manera de manejar, convivir o aceptar el dolor reside la clave para contribuir o no con la guerra; tal vez no se trate de soportar el dolor, tal vez sólo se trate de ser capaz de aceptar el dolor como parte de la vida en lugar de negarlo, huirle o evadirlo. A fin de cuentas todos sabemos, por experiencia, que ni la felicidad ni el dolor son permanentes.
Cartera para pasaporte hecha para la inauguración de Paisaje Roto. En Houston, Texas.
Piel de cordero con tinta de oro. Concebido y diseñado por el artista Jorge Galvan Flores.
En edición de 15 ejemplares. (Lo tenía para regalar, pero ¡mejor no!)


Estoy muy triste. No tengo remedio. Bueno, ustedes saben que para mí decir "estoy muy triste" quiere decir "en estos quince segundos que escribo esto estoy muy triste, después quién sabe". Mi corazón se rompe frecuentemente, pero también frecuentemente percibo que mi corazón cada vez abarca un espacio más amplio. Ayer, fui al Consulado Mexicano en El Paso, porque mi hermano Luis exponía tres de sus fotografías en un evento que nunca entendí, pero sucedió. Como también ustedes podrán imaginar, desde hace años tengo yo cierta reticencia, por no llamar náusea a los eventos institucionales de mi expaís. Qué vergüenza formarse en la cola para los bocadillos o el vino costeados con dinero público cuando en el país los jubilados no tienen para medicinas (no menciono los crímenes de Estado porque no quiero causar polémica, con mencionar el hambre que hay en mi expaís es suficiente para no pararme a festejar absolutamente nada). Pero quería estar con mi hermano, ver sus fotos,  estar con él. Así que ahi di la vuelta, abracé a mi hermano, y me detuve -con mis amigas- junto a la mesa del vino y los bocadillos, que -debo aclarar- no toqué. Comencé a ver pasar señoras entaconadas, viejas intentando parecer jovencitas, máscaras cuarteadas por el maquillaje; homosexuales buscando atención un poquito borrachos, reproducciones de look de la primera dama (entiéndase actriz de telenovela) con la nariz alzada, la cirugía alzada, las pestañas postizas alzadas y el sueño de que por ser las amantes de alguien en el Consulado son superiores. Fue, casi-casi como estar en una fiesta oficial de narcos, en el kiosko de Puebla, plagada de actitudes victorianas y viles: el tv-show de las clases sociales. Sólo había pasado una hora y yo ya describía a los invitados, con suavidad de peces, moviéndose a la mesa de bocadillos y arrasado como pirañas. ¡Comieron sin que el acto de comer fuera notorio!. Entonces decidí que ya había hecho lo que quería hacer. Pensé que algo en mí había cambiado porque esta vez, dentro del asqueroso terreno institucional, me había mantenido sin tacha. Comencé a despedirme de mi hermano, luego fui al área de la tercera edad y me despedí de mi mamá y antes de salir toqué el hombro de mi hermana para decir adiós; mi hermana estaba con un grupo pequeño, volteó feliz y dijo, "ah, ella es mi hermana, es escritora; mira Loli, él es el Consul." Eso no lo esperaba, el Consul estaba acompañado por una réplica en miniatura de actriz de televisa, bronceadita y con el cabello teñido de rubio. "Mucho gusto ¿usted es el consul?" pregunté y sentí que algo como una furia inundaba mi cabeza: "---Faltan 43. ¿Perdón? preguntó ---Faltan 43, Consul." El rostro de la actricita se puso en su mala caracterización de fastidio (la única experiencia cercana al fastidio que conocen es el olor a mierda). Al Consul le subió el color al rostro y dijo, "Sí". "Y un milloncito más" agregué. Mi hermana se rió. Me di la vuelta hasta donde estaban mis amigas y las invité a comer un pay en alguna cafetería. ¿Entonces el Consul de México es como un representante del Presidente? preguntó una de ellas que -obviamente no es mexicana-.
Lo triste no es llegar y protestar ante un Consul de manera sutil en el "extranjero". Mi tristeza surge de la experiencia de la furia;  el dolor ante un funcionario y su farsa de país reproducida en otros países, apoyada por una población condicionada para llegar ahí -al supuesto poder- a como de lugar, para divertirse con los desfiles de la vileza y la prepotencia. Esa ilusión, ese embeleso de los demás en contraste con un Estado criminal y sus asesinatos, me produce esta terrible sensación de lo irremediable.

No queda otra que la foto desde la webcam en el escritorio. Nos vemos en un ratito amigous.