Giorgio Agamben (mi nuevo amigo) nació en Roma en 1941.


"Sin embargo hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe y que para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana de una gran ciudad. Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse a experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo contemplan desde la insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del subterráneo, ni la manifestación que de improvisto bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el omnibús. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos ---divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros--- sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia."

Giorgio Agamben
"Infancia e historia"




Estoy diseñando talleres nuevos para un proyecto colaborativo con varios amigos. Han surgido varios temas que me han puesto a pensar, el punto inicial de estos talleres fue el "estado de ser creativo". Mientras ahondamos en las definiciones de creatividad más cercanas o afines a nuestro proyecto, surgieron otros aspectos: la portabilidad, el no estar quietos, no poseer un territorio o enmarcarnos en un sitio geográfico definido, entonces alguien mencionó el "Tratado de nomadología". Continuamos con la decisión de crear un taller que más que transmitir información, provocara una experiencia. La experiencia de ser creativo. Entonces comenzamos a reflexionar sobre la experiencia. Yo recordé una frase que le he escuchado a mi Gurú: "La verdad no es una información, es una experiencia". Y sí, vivimos en un mundo que nos fabrica las experiencias. Nos bombardea de experiencias. Los medios de comunicación nos fabrican la experiencia del amor, del buen comportamiento, de la familia, de las diferentes formas de fe o de fervor. Nos fabrican la experiencia de lo que es sensual y atractivo sexualmente. Alguien más construye para nosotros las formas de la homosexualidad o la bisexualidad. La manera en que piensa y actúa un drogadicto. Lo que es fidelidad y lo que es infidelidad. Nos entregan las experiencias fabricadas, las celebran, les entregan premios a las fabricaciones más ejemplares y después nosotros sólo tenemos que limitarnos a vivir reproduciendo esas experiencias. La moda es el ejemplo menos complejo. La industria lanza las blusas de una sola manga y ahí vamos todos por la calle, mostrando uno de nuestros hombros. De la misma forma aprendemos a rezar para obtener milagros, a estudiar para escalar en los sistemas económicos, sin pensar siquiera en nuestra vocación. Sin preguntarnos mucho ¿qué me gusta tocar? ¿en qué me gusta pensar? ¿cómo prefiero los espacios? ¿qué tan vulnerable soy ante los estímulos que me rodean (sonoros, visuales, atmosféricos)? No se trata de algo sencillo como cualquier convencionalismo. Es la información diaria que nos dice quiénes y cómo debemos ser, y qué experiencias debemos buscar a través de nuestra vida para sentirnos satisfechos ¿y por qué a la mitad de la vida, la mayoría de nosotros nos sentimos insatisfechos, detenidos en medio del camino con la lista cumplida de todo lo que debíamos hacer para ser felices, de acuerdo a la información que nos han entregado? Nos faltó crear. La imaginación es tan natural como la respiración pero, el exceso de información inductiva conduce a la imaginación hacia otra parte: a los fines de semana, al orden que pondremos en esos dos días para hacer todo lo que queremos hacer; a las vacaciones de verano; a la redacción de informes que hay que entregar a nuestro jefe; a la fiesta anual del trabajo; a la marca de zapatos que usaremos en el momento más importante de la vida. ¡Nuestro gozo se limita a una marca de zapatos producidos en serie! Así, nuestras experiencias no las creamos nosotros. Por intentar reproducir las experiencias tal y como las recibimos del exterior destruimos nuestra experiencia propia, limitamos nuestra imaginación. La imaginación y la creatividad son una fuerza, un poder ¿no lo habían notado? No quiero despeinarme como se despeinan en las revistas o en las salas de arte, no quiero vestir el pantalón verde y la blusa azul. Quiero ser ordinaria, lograrlo, y desde ahí vivir por dentro todas las experiencias que se me antoje crear en esta vida (la verdad sólo me gustaría vestir kimonos, pero -mientras no aprenda a hacerlos- son un lujo). Quiero bailar, pintar, cantar, fotografiar, amar, sembrar un jardín de la forma en que yo sea capaz de imaginarlo. Quiero que la experiencia pase por mí, por mi mente, por mi cuerpo ¡¿Y qué?!  Y que hagamos un taller, un taller con todo eso: un cielo portátil. Sin apropiarnos del espacio, sino experimentado el espacio. De ningún lugar y de todos los lugares. En un libro, la sala de una casa, el parque, un puente, un avión o un museo. Con todos nuestros derechos reservados, conservados, intactos. 




Estoy en Houston. Nunca imaginé Houston. Tal vez porque de por sí Texas es un Estado borrado de nuestro mapa mental, o recordado por la cantidad de estupideces racistas que los blancos echan a andar en el mundo debido a su ignorancia (y su rencor). Houston es maravilloso. Plano, con el cielo limpio todavía, cuajado de humedad y de vegetación. Amo estos paisajes, enormes naves de fábricas antiguas abandonadas. Casas de madera pequeñitas. Y la sensación de que el agua está en todas partes, fusionándose con todas las cosas. Lo mejor de llegar a Houston ha sido estar rodeada de artistas. Sí, como lo oyen, que me ha encantado estar rodeada de artistas. Pero artistas con almas muy distintas a las que he visto en las metrópolis intelectuales de este país, o en mis propios y amados Angeles (la vida californiana a veces es tan pretenciosa, tan agitada). En Houston hay cierta serenidad, cierta calma. La calma de algún silencio vegetal, pienso yo. Un espíritu grande. Me gusta Houston. Ahora mismo espero que mi ropa termine de dar vueltas en la secadora y no puedo dejar de ser consciente de ese gris horizontal infinito. (En esta casa viven un perro chihuahua y un gato que lo aporrea descaradamente frente a mis ojos. No es mi casa mental.) Pero es que en Houston viví, una noche fantástica. Después de estar en el encuentro de Antena, me invitaron a bailar en un bosque. Un rave en un bosque donde todo es clandestino, me dijeron. Y yo dije que sí "si ustedes van yo voy" les dije. Y fuimos a buscar el bosque entre las fábricas antiguas, entre el concreto y las vías del tren: ahí estaba... quizá diez árboles, altos, de hojas escasas, una DJ. Fogata donde los jovencitos hacían quesadillas vegetarianas. No sé qué tenía ese bosque que yo estuve ahí como hipnotizada, como desbordada de amor. Pensé que veía esferas de luces de colores y sí, tenían luces de colores y algunos muchachos danzaban haciendo malabares con fuego. Junto a mi estaba sentado Benvenuto, un artista. Jalando la rama de un árbol para usarla de micrófono y cantar con ella estaba JP, otro artista; dando vueltas por el pasto bailando había otro artista más, Jorge. Platicando de cosas de mujeres estaba conmigo otra artista, Stalina. Todos maravillosos, como salidos de un cuento de hadas ¡¿qué pusieron en mi bebida?! comencé a preguntar. Toqué las manos de uno de los artistas y supe que era santo. Creo que me pusieron un ácido, les dije. ¡Ah, cuántas ganas tenía de besar (me acordé mucho de ti)! Efraín se rió de mí todo el camino de regreso a casa, yo no quería bajarme del carro, pero bajé riéndome a carcajadas. Feliz.
"Hualmaa" o "Gualmaa" supe después que se decía corazón en Sutijil. No recuerdo cómo se dice "dolor". Pero me dolió el corazón por dos segundos. Sólo por dos segundos. Ese dolor que anuncia que seguimos vivos. En fin, supongo que mi ropa está seca y aquí, ya he descansado suficiente.  


Hasta ayer, había estado pensando muchísimo en los "condicionamientos". No sólo en la manera en que somos condicionados por nuestra familia o por la sociedad cuando vamos creciendo (nuestra familia tiene que arreglárselas para educarnos de alguna manera ¿cierto?), sino en las técnicas para condicionar a grupos enteros que han sido estudiadas por personas muy inteligentes, personas que dan varios pasos antes de nosotros en cuanto a experiencias en la vida. Porque la mente es una maravilla: puede construir ante nuestros ojos las realidades más aterradoras y derrumbarlas con un soplido; y también puede sumergirnos en sueños hipnóticos sin que nos demos cuenta que llevamos años corriendo tras una vulgar e inalcanzable zanahoria. Comencé entonces a enojarme con las personas que manejan el condicionamiento como una manera de enseñanza pero ¿acaso toda enseñanza es un condicionamiento? Tal vez sí. Tal vez hoy no estoy percibiendo de forma errónea. Es difícil permanecer despierto y consciente cuando decidimos aprender en esta vida. Así como es difícil que seamos plenamente conscientes de la fuente de la que decidimos aprender. ¿Cómo serlo? ¿Cómo saber identificar la fuente de la que queremos aprender? Me refiero a una fuente viva de sabiduría: un maestro. Es delicado, porque en esa fuente nos sumergimos con entera confianza y, a veces, con amor, completamente vulnerables a los condicionamientos de una sabiduría superior a la nuestra. Uno de mis maestros diría que estoy hablando desde el egocentrismo, ese maestro me ha entrenado para detectar el egocentrismo cada vez que se manifiesta, también me ha entrenado para detectar cuando tengo una "reacción" frente a cualquier evento en la vida; gracias a él puedo detectar mi reacción antes de que se manifieste en el exterior. Pienso que no todos los condicionamientos son negativos, ni todas las reacciones (reaccionar es parte de nuestra naturaleza pero, para detectar el impulso que activa una reacción es necesario que nuestra mente esté alerta ante el bosquejo de su aparición, la reacción ya no es alguien a quien no ves llegar, sabes cuándo está preparando las maletas, cómo organiza sus disfraces y cuándo se lanza al camino para visitarte). Aclaro entonces que no es un punto de vista el que trato defender aquí, intento echar luz a ese estado interrogativo en el que he permanecido estos últimos días. En ocasiones, cuando un maestro intenta enseñarnos a observar el infierno sin reaccionar, no somos conscientes que nuestra resistencia a reaccionar es la misma que da vida al infierno. El maestro nos genera el infierno para que podamos distinguir y tengamos un reto. El infierno no siempre está en nuestra mente, generado por un trauma, una fobia o una obsesión; el infierno puede ser construido desde afuera, por un maestro que conozca muy bien el paraíso del condicionamiento y los beneficios de vincular nuestra resistencia a cambiar, con un ligero coctel de nuestros miedos (auspiciado por el permiso que nuestro deseo de aprender le otorga). Y sí: todo está dentro de nosotros, todo nace en nosotros pero, no siempre, todo se levanta desde nosotros mismos. Para añadir un apunte más a la libreta (o a la base de datos) de mis maestros, debo decir que es esa consciencia la que me aterroriza: cómo influimos en los demás.
En algún momento cualquiera de nosotros se verá en la necesidad de educar a alguien más: un hijo, un estudiante, alguien que nos sigue y por alguna razón decide que tiene algo que aprender de nosotros, la persona con la que sostuvimos una conversación casual en la calle (¿alguien sostiene conversaciones casuales en la calle en estos días? de repente me siento muy old school). Creo en la unidad, soy budista, entonces todo el tiempo. todos nosotros, siempre hemos sido (y somos) a la misma vez, estudiantes y maestros, en cada cosa que hacemos en la vida. No podemos seguir pensando que somos una fracción, que vivimos -literalmente- una vida de cuadros. Siempre influimos en la vida de alguien más. Tenemos una responsabilidad dentro del engranaje, de manera muy inconsciente y despreocupada -en ocasiones-. Ahora me ubico en los zapatos de un maestro, con estudiantes como yo. ¡La maquinaria es infinita!
Las contadas personas que yo he elegido como maestros son conscientes, despiertos (dos de ellos son magos) y tienen la seguridad y la fuerza ---¿cómo?--- para decir "sí, hago la diferencia" o "sí, creo en quien todo mundo ya da por perdido". ¿Qué les da esa convicción?
En nuestra mente vive la libertad. ¡La libertad!: un asunto delicado dejarla así, vulnerable, en manos de un maestro que podría resultar tan irresponsable e inconsciente como nosotros mismos ¿no creen?

d.