Es la primera vez en la vida que publico fragmentos de un libro que todavía no concluyo, y que no sé cómo voy a concluir. Es la primera vez también que la solicitud para esas publicaciones proviene de Europa. Alemania, para ser precisos. El año pasado publiqué un primer fragmento en un libro titulado La Frontera, del fotógrafo Esthephan Falke; que incluía la selección de 5 narradores, entre ellos yo. Esta segunda vez, otro fragmento de Estructura aparece en el Solitude Atlas, de la Akademie Schloss of Solitude en Berlín; una selección de escritores de todo el mundo en el idioma original con traducción al alemán. Me dio gusto ver incluido trabajo de Palestina, Japón y Afaganistan y la India, entre muchos otros, y también encontrarme con el gran Aaron Kunin, que me encanta. Estructura también se ha publicado en su original español en la revista Zurgai, en Bilvao. Estructura es un libro documental-autobiográfico que, al parecer, se publicará primero en alemán, si algún día lo termino. 

Llevo un par de meses en los que entro aquí y todo lo que escribo me parece acartonado, algunas veces cargado de asunciones políticas más que obvias y otras, cargado de una razón de ser desesperada, como apilando las pocas ideas rápidamente para no alcanzar a decir lo que vive en el centro (no en el centro del mundo, sino en el centro de mí que, a fin de cuentas es desde el único lugar desde donde podría yo decir algo; al centro de mí que en un contexto global pasa a ser: la periferia, el margen -no por decisión o por gusto- sino por desgracia). 
En el paréntesis de arriba no me refiero a la desgracia de vivir al o en el margen, o en la periferia. Sabemos que es, precisamente en los márgenes donde nace aquello que, paulatinamente, irá tomando su lugar, su centro... es la orilla óptima para la creación. Pero la creación y sus orígenes y la base desde donde germina ¿qué importan? Si pienso sólo en mi, no importa nada. Y es ahí donde mi discurso se corta. No puedo pensar en algo sólo para mí. No me malentiendan, no me considero una santa; es esa nostalgia de mí lo que me ha impedido concretar cualquier post con fuerza. ¿Dónde estoy? Me borré. La última vez que me recuerdo estaba yo enamorándome entre cordilleras latinoamericanas. Fue lo último que supe de mí. Después comencé con mis obsesiones con la filosofía, mi interés por Agamben, mis noches absolutas pensando en esta dimensión; en esta... donde uso un teclado que lo que realmente construye para que aparezca mi lenguaje es un código... un código que desconozco. ¿Qué sería de mí sin ese código? Nunca hubiera podido construir esta página. Este teclado traduce el código y lo planta aquí como si se tratara de alguna palabra. De una palabras mía. Me sumergí, me fui en los procesos de copia, la reproducción de comportamientos que nos convierten en animalitos entrenados para reaccionar a las imágenes publicitarias, el espionaje de la mercadotecnia. La necesidad que no es necesidad. Fue la última vez que supe de mí. Recuerdo haber estado una noche sin poder dormir, después de haberme dado cuenta que todo lo que percibimos en la realidad es la marca producida después de un proceso de copia: todo es copia, todo es marca. Todo es copia y marca. La marca es la transformación de la copia. La marca es el lugar donde la copia deja de ser copia. Porque esta taza es la copia de una taza, nació a través de un proceso de copia: un molde; pero ella en sí, es una taza por sí sola. Una única taza. Después de eso, ya no pude volver a pensar nada de forma individual. Junto con mi amigo Roberto construí una biblioteca libre para niños, en la entrada de mi casa. Comencé a recibir visitas. A ver a niños detenerse bajo el sol en la esquina, con sus madres molestas por la espera. Comencé a verlos irse con un libro en la mano. Comencé a platicar con ellos, ¡a bailar con ellos! Deje de saber de mi. Pero también a la casa comenzaron a llegar los vecinos, a los eventos de la noche. A visitar la biblioteca, a ver el mural que Roberto está pintando en el callejón, a hablar de huertos y meditaciones comunitarias. En esas reuniones de repente se acabó el café y Francisco, otro vecino, llegó con otra bolsa. En realidad no se acabó el café. Otro sábado Roberto cocinó para todos. Yo serví para todos. Todos comimos juntos. Todos conversamos. Mientras mi madre tuvo que ir al hospital de emergencia. Todos preguntaron por ella. Algunos rezaron por su salud. Otra noche también, había en la casa más de tres escritores y platicamos de lo que cada uno sentía cada vez que necesitaba escribir un libro, Paulo estaba ahí. Paulo trabaja mucho por la noche, pero ese día estaba ahí. El sábado pasado oímos a Moondog, a Sun Ra, a Concha Buika y después fuimos a casa de otros vecinos: Sylvia y Carlos y su hijo Juan. Aprendí a hacer habichuelas puertoriqueñas, bailé sopa de caracol, escuché a Tijoux y Roberto, por décima cuarta vez, escuchó cómo es que te extraño y cómo no tengo remedio para eso. Ah, y Amanda. Amanda ha estado en esas reuniones también, todo el tiempo. Juan y yo hablamos de levantar un par de huertos para cosechar nuestros propios vegetales. También estuvo mi Guru por 10 días aquí, en agosto. Creo que fue desde agosto, sí. Desde agosto ha sido que, de mí, no sé nada.