"Hay tardes que no regresan nunca." Jesús Gardea.

La frase del epígrafe me parece tan nostálgica, aparece en un cuento de Gardea del libro "Donde el gimnasta". El cuento describe a un hombre que pasa la vida esperando a la misma hora, en el mismo lugar, a una muchacha que sólo vio una vez. Su amigo, cansado de contemplar su esperanza cotidiana, le dice "hay tarde que no regresan nunca". Tal vez, para el protagonista de este cuento había una tarde que regresaba siempre: la tarde en la que vio por única vez a esa muchacha que deseaba volver a encontrar. Esa tarde se repetía en su pensamiento. La repetición, la reproducción, el proceso de copia es el vehículo por donde se traslada la realidad hasta nuestra percepción. Quiero decir: la creación. Comienza en nuestro pensamiento hasta que, de alguna manera se manifiesta de forma tangible, fuera de nuestro pensamiento. Lo hemos creado. Como un libro, como una circunstancia. A mi pensamiento regresan muchas tardes y me llaman desde algunos libros. Los libros siempre serán las otras dimensiones para mí. La escritura era la otra dimensión hace no mucho tiempo. Ahora es esto: códigos que alimentan una dimensión infinita que, a final de cuentas, desemboca alimentando la guerra. Anywho.
Nablus, mayo 2017.


Vengo aquí, como la mayoría de las veces, mientras espero que esté listo el café. Vivo en una frontera donde el buen café existe, pero es inaccesible para personas como yo. Vivo en una frontera donde el clasismo es notorio. Bah, vivo en el mundo. Por eso me gusta recordar a ciertos amigos recibiéndome en su oficina con café instantáneo sin crema por falta de refrigerador. Esos son mis amigos, algunos. Recuerdo también cuando trabajaba en Rancho las Voces, cuando acompañaba a Rubén a comprar el café al surtidor de Bola de Oro en un centro comercial. La guerra apenas comenzaba. Debí amar a Rubén más de lo que lo amaba. No sé por qué no lo hice. No entiendo. Pero esta es la novela que escribo para mí, en medio de un calor insoportable, en un mundo insoportable: dentro de una casa que está cayéndose (Arturo diría "una pocilga!" No debí amar tanto a Arturo, no sé por qué lo hice). Bueno, decía que en esta frontera, donde vivo ahora, es difícil tener café de grano, ir al molino, llevar la bolsita aromática con entusiasmo a casa y ponerlo en la cafetera mientras escribo. Aquí, en esta otra guerra, cuando hay electricidad, conecto una jarra eléctrica para calentar agua y preparo mi café instantáneo. Antes solía tomar café con miel. Ahora la mezcla por si sola tiene un sabor dulzón al que me estoy acostumbrando. El ático de esta casa cruje, porque la casa se ladea y, a cualquier hora puede alzarse el ruido de personas gritando, hombres corriendo o balas colocando la situación en su lugar. Estoy aquí y allá y no habló de la frontera de México con Estados Unidos. Estoy aquí y allá y llevo en el pensamiento sonidos que son como las canciones de los cantos de ceremonias sagradas indígenas: no sé qué dicen, pero sé qué hacen. No me gusta mi situación. No me gusta la situación. Pero no me gustaría que mi situación no fuera de acuerdo con la situación del mundo. No sé (y esto es lo peor) si me gustaría la paz. Porque, a estas alturas, veo la paz como el sentimiento conforme de los cómplices. Son mis extremos (siempre que hablo contigo tengo paz, tú sabes, tu corazón es infinito). Aquí hay cierta paz los domingos. Supongo que la gente está cansada de lanzar piedras o de trabajar en jornadas de esclavos todo el día. No sé si esas personas trabajan sus jornadas el domingo también. No sé. Tal vez los domingos nos cansamos todos. Hay moscas gordas sobrevolando este escritorio, dicen aquí que, cuando aparecen las moscas es porque el clima va a cambiar. Veremos (o no).