Es increíble cuántos códigos debe uno “recordar” para funcionar en estos territorios últimamente. Estos tiempos me recuerdan a La policía de la memoria, de la genial novelista Yoko Ogawa. Un lugar donde el Estado decide qué se recuerda y qué se olvida. Y quienes deciden no olvidar son perseguidos y borrados. El personaje principal en esa novela es una escritora, que termina borrándose de la realidad poco a poco porque, al final, es Estado ha decidido que a las escritoras también hay que olvidarlas. Qué tiempos tan interesantes vivimos. Ya les había dicho que cuando leo a Yoko Ogawa descanso. Generalmente cuando leo, automáticamente estoy estudiando, investigando. Pero cuando leo a Yoko Ogawa ese automatismo se detiene. Es un lapso de tranquilidad, una absoluta contemplación de la belleza. Eso no significa que Ogawa no entregue algo, simplemente su lenguaje es tan hermoso que no hay tensión salvo en la trama. Por eso se ha vuelto mi compañía desde hace más de veinte novelas. Lo que Ogawa entrega en La policía de la memoria, es una visión metafórica del presente y un diagnóstico de un futuro no muy alentador: la desaparición de lo que somos, la desaparición de quien escribe, que es a la vez quien traduce lo humano. Si por lo menos alguien nos asegurara la extinción de la especie humana de la forma en que Yoko Ogawa la describe, aspiraríamos a un transcurso lindo. Pero cuando lo humano se extingue (lo humano, conformado por todo lo no humano -diría Tich Nhat Hahn-) y nuestra mente continúa su curso, tal vez se trate de un tiempo de crueldad y sufrimiento incomparables por globales. Más nos vale ir creando un espacio para recordar, como lo hicieron nuestros ancestros a través de los códices que dejaron en nuestras células: una dimensión para guardar el dedal, el hilo, las raíces, tu ojos y cerrar bien esa puerta, antes de que el neoliberalismo toque en nuestra hambre, para saciarla de ilusión a cambio de memoria. Probablemente morderemos el anzuelo y está bien, porque saciada el hambre, ya no podremos recordar lo que ha muerto para sostenernos. Quizá seremos felices, pero hey… nuestros ancestros han grabado los códices dentro de nuestras células a través de la vibración (un proceso que 500 o 600 años después se conoce científicamente como genética de la onda —la vibración es capaz de transformar el código genético-). Entonces: esperanza, mientras nuestra biología continúe: hay esperanza… de no ser porque, como diagnostica Ogawa en La policía de ma memoria, cuando menos lo imaginemos (tal vez) nuestro cuerpo también se irá borrando. Mientras tanto les dejo por aquí esta memoria, ubicada en la esquina de la calle Kansas y Missouri… y muy desapercibida desde hace años: es la actitud.
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