Una construye el tiempo. Una cree saber quién es. Una percibe. Una cree saber lo que es el agua, el aire. Hasta que el agua la arrastra a una con su fuerza o el aire comienza a escabullirse. Una piensa que conoce el mundo, hasta que el mundo la reduce, la acorrala. Pero hay cosas. Hay cosas. Una cree que hay un mundo solo, pero la fuerza… las fuerzas… están frente a una enteras extendiendo una especie de manos invisibles, como de luz, como de imán. 

Foto de mi casa a las ocho de la mañana.

Una finge que no se manda sola, que obedece a otras fuerzas, para poder decir que no de la manera correcta, porque esta casa toma un no como un insulto, como un desafío. Esta pequeña casa cree que una le debe algo, que una tiene obligación con ella… como antiguamente hacían los pretendientes o los maridos. Y si una dice no a viajar a Japón, por ejemplo, Japón comienza a correr el rumor de que existen “mejores”. El rumor de que no hay por qué leer a una. Ese pequeño mundo de la mejor y de la peor que  una no habita. Esos rincones de esta casa donde se pudre el agua. 
Una es cobarde, pero resiste: hay que resistir. Una recuerda. Hay cosas mucho más grandes que el hambre de una, que el deseo de una, que la necesidad de una.