Hábito una universidad local. En serio.No hay nada más hermoso que habitar las estructuras que sostienen una ciudad. Con sus ires, sus venires, sus verdades y sus simulacros. No tengo que aclarar que la mayoría de lo que ahí sucede es un simulacro. Simulamos aprender dentro de la simulación de la información importante. En fin. Aún así es hermoso. Ver a los estudiantes ocupar un espacio con esperanza. Qué hermosa es la esperanza. Hace unos días platicaba sobre Taos y sus paisajes. Cuánto amo ese silencio que no habito. Ese tiempo que no tengo. Ese espacio donde mentalmente abro lo brazos, y despierto para dedicarme a pintar y a acabarme. Eso me da motivos. Motivos suficientes para insistir. Es marzo. Qué lento sucedió febrero y qué lento apareció marzo. Las flores aquí estallan con prisa de verano, pero pareciera que nosotras caminamos enterradas hasta la cintura. Sin embargo la miel de las flores flota por el aire. Respiramos unas ráfagas dulces y frescas que nos hacen buscar: ¿desde dónde vendrá esa dulzura, cómo llegó aquí? La dimensión artificial nos devora. Heme aquí. Gastando mis centavos de tiempo en esto. Cuando bien podría prepárame otra taza de café. A veces, como hoy, no sé bien a bien por qué hago las cosas. A veces, como hoy, tampoco sé bien a bien por qué el tiempo sigue, por qué seguimos. El taller de Mujer Migrante llegó al cupo límite y comenzamos en abril. Se ha vuelto un taller virtual. Se imaginarán por qué ¿verdad? Comenzamos a movernos desde el ordenador. No dejamos de movernos a veces, como hoy, sin saber bien a bien por qué. Por qué damos. Por qué organizamos. Por qué insistimos.