Los discursos son también un lugar, un territorio. Nombrar es tierra viva. Pensaba entonces en la palabra patriarcado y cómo se ha convertido en un territorio vacío de tanto repetirse. Ya no es la mala palabra. Estos sistemas en los que no hay otra opción que (consciente o inconscientemente) insertarse, han vaciado a esa palabra de sentido. Así es como somos desplazadas de un lugar a otro del discurso. De una realidad que combatimos, a la trama ideológica de las revoltosas. Es buen momento para abordar el tema, es decir, para tomar el lugar que nos corresponde por la simple y llana razón de estar vivas (las que hemos ido quedando). El lugar que nos corresponde al nombrar. Convirtieron la definición del sistema colonialista que avala genocidios, en un hueco. Ese bache, en el que nos tropezamos una y otra vez por “exageradas”, por “locas”, por “lesbianas”. Por eso nos descalabramos, nos pelamos las rodillas, nos reventamos la boca, nos atamos las manos y también atamos las manos y los ojos de nuestros hijos, nos arrancamos las uñas antes de recibir el tiro de gracia ¿verdad? En fin. Nada nuevo. La desarticulación de los discursos para convertir a todo mundo en aliado de los asesinos. Necesitamos más palabras para describir lo que sucede dentro y fuera de todas (nosotras, las personas). Palabras, que voy a repetir porque no se han vaciado, porque tenemos que habitarlas, porque el territorio del lenguaje es infinito como jerarquía, por ejemplo. Ese mecanismos que se activa cuando tienes que defenderte porque te sientes menos, cuando crees que tienes que desgastarte hasta el cansancio para llegar allá: a la cima. O también ese sentimiento de valer más porque has estudiado, porque tu experiencia es distinta, porque comes tres veces al día y no viajas en camión. O porque viajas en camión pero tienes lo que otras (otras personas) no tienen. Tu pensamiento se ha instalado en el lugar pequeño que lo abarca todo, esa creencia de que hay un arriba y un abajo. Salir de ahí es una experiencia casi mística. O la palabra competencia, ese mecanismo que impide te vincules a aquellas (aquellas personas) que te inspiran: si te inspira es porque tú puedes hacerlos mejor, si te inspira es porque sabe a dónde va y tu vas a hacerla a un lado para llegar primero. Porque crees que el mundo está hecho sólo para una persona, para la que llegue primero (sea como sea). Te atraen las recompensas y haces lo que nunca pensaste que harías en tu vida con tal de recibir la recompensa: eres un títere sin voluntad, sin dignidad, que nunca se siente suficiente. Títere hambriento. La competencia: zanahoria que nunca vas a atrapar. Persecusión infinita. ¿Sabías que la vida puede ser un descanso, que una (una persona) puede vivir descansando/descansada, relajada, concentrándose en lo que decida que es verdaderamente importante? De la exclusión y la confrontación, ni les hablo: hoy soy pobre de tiempo también. Solo puedo decirles que esas dos son muy peligrosas, que si no piensas como ellas te matan. No tenemos la culpa. Forman parte de todas nosotras (nosotras, las personas). Cuando esas cuatro palabras actúan en concordancia es que defendemos la palabra vacía, la boicoteada por los asesinos. Cuando yo las encuentro gestándose dentro de mí misma las saludo, suelo decirles con mucha ternura: hola, fantasma del pasado, sé que estás ahí, y quieres un abrazo. Un abrazo tan dulce que derrite. No es un abrazo romántico, es el abrazo de la consciencia. Entonces, los verdaderos significados se levantan, los huecos dejan de ser huecos y se transforman en espacios. Espacios amplios cargados de realidad, de tranquilidad y de ternura.
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| Al centro, Marisela Escobedo, quien acuñó la frase: justicia, privilegio de pocos. |
