Comencé a escribir una novela. Más bien, retomé una novela. Mis sueños son pequeñitos. No son sueños. Ayer platicaba con una amiga y le contaba de este sentimiento que cargo desde hace un par de años. Este sentimiento volvió con fuerza porque retomé este texto. Recuerdo la primera vez que intenté escribir esa novela. Tenía yo treinta y dos años y vivía en una casa semi-derrumbada pero silenciosa cuya distribución me encantaba. La cocina al centro con dos entradas: una que daba al pasillo que comunicaba a la biblioteca en la parte de atrás, al baño en medio y a mi recamara en la parte de enfrente, y otra entrada que daba al comedor y la sala con dos ventanales enormes por donde entraba la luz, los mantenía sin cortinas porque esos ventanales deban a la cochera (una especie de patio interior que permitía el aislamiento) no tenía vecinos. Me sentaba a escribir en la cocina, la cocina tenía una ventana que daba al patio trasero. Era muy acogedora esa casa, pero era literalmente una ru...