Por decimocuarta ocasión tengo un resfriado insoportable. Mi sistema inmunológico es débil estos últimos días, al parecer. A pesar de eso, estrené mi suéter amarillo y salí a desayunar a un tailandés porque las especias de ciertos platillos son sanadoras (dicen y lo quiero creer). Cuando regresé, me enteré que en el enredo de documentos liberados de Ep*st*in se describen fiestas en Ciudad Juárez. Hace tiempo que siento como si un río me arrastrara a no sé dónde y en ese transcurso me hundo profundamente para luego volver al tope de agua y disfrutar todo lo que se deja ver. Podría decir que estos días están siendo bastante bajo el agua. En el fondo, donde hay muy poca luz, también suceden descubrimientos. Descubrimientos que no me impulsan a moverme, sino a lo contrario, a quedarme, a disfrutar de la inmovilidad y del silencio. El arrastre de este río avanza muy rápido y desde que comenzó el año yo siento que el tiempo pasa demasiado lento. No lo puedo describir de otra manera. Guardo celosamente las cincuenta páginas que me faltan por leer para terminar “La niña que iba en hipopótamo a la escuela” de Yoko Ogawa. Me niego a terminarla. Me niego a cerrar ese mundo y, sin embargo, tengo tanta prisa de que otros mundos se acaben. Entre más claros quedan los hilos que sostienen el sufrimiento de este mundo, más en el fondo de este río quiero estar. Más detenida. Más en lo hondo. Igual vuelvo, siempre vuelvo. No hay manera de pagar la renta si uno no regresa, con su rastro de agua, a alimentar el mundo. El que extrae nuestro tiempo y nos escupe de vuelta. Ya sabremos nosotras qué hacer con ese impulso. Ya sabremos seguramente qué hacer nosotras, la memoria.