Una puede no ser pobre con hambre, pero es pobre de tiempo. Así son los intercambios para quienes somos pobres. Una amiga me aconsejaría que deje de usar la palabra pobre porque es como un decreto. No me da vergüenza ser pobre. Cuando digo pobre no me refiero a esa clase de pobreza que da miedo, sino a asumir una realidad que no cambiará nunca: aceptar. Las privilegiadas le llaman “hacerse la víctima”. Tampoco. Eso quisieran, porque últimamente la víctima se ha convertido en un muy buen producto para las privilegiadas. No es que abra puertas en las la universidades (las universidades abren sus puertas a quienes tienen las influencias, generalmente ancestrales), pero llevar a una víctima rescatada de las miserias de las guerras justifica los privilegios de las que viven en estas estructuras. Las jerarquías son así: estructuradas, levantadas desde hace siglos para afianzarse, para continuar. La víctima es un muy buen producto de promoción de la misericordia ¿verdad? La víctima en realidad no importa, lo que importa es qué tan compasivas pueden ser las privilegiadas y, de paso, qué tan inteligentes. Es sólo un espectáculo. El espectáculo de la consciencia. Aceptar que uno siempre será pobre no me perturba en lo más mínimo, sino que más bien me relaja. Ya sé que si quiero comer, seré rica en comida, pero pobre de tiempo. O si quiero tiempo tengo que comprarlo con mi fuerza física primero, ya después decido si usaré mi tiempo para descansar, o para entretenerme estudiando o pintando. Amo pintar. Me gusta pintar. Últimamente mi deseo sólo es pintar.