Amo la claridad, aunque ustedes no lo crean. Claro que, desde que tengo uso de razón, mis interpretaciones de conceptos como claridad/oscuridad; agradable/ desagradable no tenian nada que ver con la interpretación de las personas que me rodeaban (ahora tal vez sí, me rodeo de personas que interpretan el mundo si no de una manera similar, entonces regocijándose de cada partícula de vida). Amo la luz natural, uno de mis amigos escribió una canción titulada luz natural, que me encanta. Es casi como si la estuviera viendo. Pero todos sabemos que ver no es lo mismo que escuchar. Nathaniel Dorsky lo señala perfectamente en su libro Devotional Cinema: la escritura puede describir, pero no puede ver. No lo cito literal. Vayan y busquen su libro que es buenísimo. A eso voy, a lo de ver, y traducir la vida. La escritura, para mí, construyó su refugio a través de su gráfica: la amé porque la vi. Sabía que decía algo, pero no sabía qué. Quería tanto saber, y era tan pequeña que yo misma fui asignándole un significado. Qué impulsos tan inocentes viven en la capacidad de dirigir el rumbo de una vida entera.


Escena de la película The Pillow Book 

 
Como me encanta la claridad también me encanta decidir. Me gusta saber que mi vida aparece porque yo lo decido. No es control, no. Es una actitud determinada, como labrada por las decisiones que voy tomando: no hay magia, hay actitud, dice una de mis maestras. Hace unas semanas, Lety me preguntaba sobre esta forma mía de ser constante en ciertas prácticas. Yo le comentaba que es algo aprendido. Una aprende a sostenerse en el tiempo. A durar. No a permanecer, sino a ser constante en lo que importa. 

Me importa mucho una vida digna, clara, en las claridades que para mí son luminosas. También me importa mucho una muerte digna, clara. No quiero morirme poco a poco. No quiero dejar de funcionar en partes. Tengo derecho a decidir cómo morir, claramente. Todos deberíamos tener ese derecho. No todo se acaba con el cuerpo. El cuerpo se va pero algo dura. Una debería suavizar ese miedo a dejar de existir. Cuando una disuelve ese miedo comienza a crear de otra manera, a vivir desde otro lugar. Quizá eso sea la luz natural, un espacio. Una dimensión. No es magia.