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Mostrando entradas de febrero, 2026
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 Lo más cerca que he estado de Bad Bunny ha sido Julieta Venegas. Hace unos años colaboramos en un mismo stream durante la pandemia, junto con Helado Negro. O quizá lo más cerca que he estado de Bad Bunny fue durante mi convivencia con Angélica Negrón en la residencia de Civitella, en Italia. Ustedes que me conocen saben que desde hace muchos años cada vez que conozco a una puertorriqueña lo primero que le digo es que amo a Bad Bunny. Con Angélica pasaba horas platicando de lo gran artista que nos parece. Algunas de mis amigas pusieron en duda mi inteligencia cada vez que intentaba compartirles algo del Conejo. Pero que alguien ponga en duda mi inteligencia, la verdad, me mama un bicho. Estuve en la Ciudad de México cuando fueron sus conciertos, las multitudes no me hacen bien, así que ni soñé en estar ahí, pero quiero una sudadera del Sapo Concho.  La tarde que seduje a F, el primer secreto que le confesé fue que me encantaba Tego Calderón. Bailamos “Sin exagerar” a...
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La crueldad es la violencia de los cobardes. Pienso. No sé. Habrá quien se enfrente a sí mismo de forma cruel, en las sombras. No me refiero a algún psicópata. Normalmente quien ejerce la crueldad lo hace de forma ambigua, en los zurcidos de lo entre dicho, en los secretos del chisme victoriano, o en la suavidad de una charla aparentemente inofensiva. Entiendo la cobardía, pero la crueldad me cuesta entenderla.  Una de las tantas veces que los soldados llegaron a mi casa en la época de Calderón (¡unos niños!) uno de ellos me dijo: “tuvo suerte de no estar aquí cuando se metieron” y recuerdo que respondí de forma casi automática (sabía muy bien la clase de gente que estaba detrás del atraco): ay, por favor, esos cobardes… La cara del niño soldado fue un “sí” muy tierno, un “sí” de indígena a indígena, un “sí” desde su rifle destartalado.  Crueldad, violencia al fin. Los crueles, deben ser en las sombras, los asesinos de sí mismos. Los incapaces. Pobres pobres, de una pobreza qu...
Soy dueña de diez minutos. Una gripe espantosa. Tres clases. Un transporte público. Dos correcciones. Dos traducciones. Sesenta “holas”. Notar cuatro o cinco imprecisiones. La oscuridad. La vida. Una sensación incansable de plenitud y de derrota. Tu presencia. Tu calma. El sentimiento de haberme escabullido de alguna manera en esta matrix. El sentimiento de ver pasar una y otra vez el glitch. El glitch. 
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Por decimocuarta ocasión tengo un resfriado insoportable. Mi sistema inmunológico es débil estos últimos días, al parecer. A pesar de eso, estrené mi suéter amarillo y salí a desayunar a un tailandés porque las especias de ciertos platillos son sanadoras (dicen y lo quiero creer). Cuando regresé, me enteré que en el enredo de documentos liberados de Ep*st*in se describen fiestas en Ciudad Juárez. Hace tiempo que siento como si un río me arrastrara a no sé dónde y en ese transcurso me hundo profundamente para luego volver al tope de agua y disfrutar todo lo que se deja ver. Podría decir que estos días están siendo bastante bajo el agua. En el fondo, donde hay muy poca luz, también suceden descubrimientos. Descubrimientos que no me impulsan a moverme, sino a lo contrario, a quedarme, a disfrutar de la inmovilidad y del silencio. El arrastre de este río avanza muy rápido y desde que comenzó el año yo siento que el tiempo pasa demasiado lento. No lo puedo describir de otra manera. Guardo c...