Regresé a casa. Y sí, volví a mi departamento después de ausentarme por más de diez días. Pero no sólo a mi departamento. Mientras estuve ausente, en lo que (podría pensarse) no tiene nada que ver conmigo, también sentí que regresé a casa. A mi cuerpo. No sé cómo explicarlo. O tal vez sí sé. Desde que me fui estaba regresando. Mientras dejaba mi departamento hace más de diez días, iba rumbo a mi cuerpo. A habitarlo completamente. A medirlo, a ajustarlo. Me iba para regresar a mí. Y regresar a mí fue hermoso. En el camino de regreso a mí me encontré a tres o cuatro personas que se acercaban para comentarme que me habían conocido en alguna lectura de poesía “Oh, sí, fui poeta, pero ya me riteré” me sorprendió escuchar la respuesta como un eco -escritoras veinte años o diez años más jóvenes que yo: ”yo también me retiré”. Era una hermosa coincidencia. Anoche, llamé a mi amiga Mercedes en cuanto estuve de regreso, le decía que me sentía muy bien. Que sentía como si algo se hubiera acomodado dentro de mí. Un enorme descanso. Estuve en Boulder, Colorado un par de días y, en un principio, quería mostrarle a F lo que yo había conocido mientras di clases en Naropa, University en el verano del 2010. F y yo nos hospedamos en un centro de budismo Zen, hermoso. Bebimos café en esos jardines que nos sostuvieron exclusivamente y silenciosamente junto a la avenida Arapahoe. Cuando íbamos a caminar hacia ese café con azulejos pintados a mano, que sirve el mejor chai que he probado en mi vida, nos detuvimos. Lo que yo conocí en Boulder cuando di clases en Naropa, en realidad era un lugar para ver de lejos, no para habitarlo. (Lugares que no son mi vida.) Eso es retirarse. Podría ir, pero ese chai que tomé hace más de quince años era espumoso, batido con leche de vaca, mientras conversaba con un escritor que me dijo clara y lentamente (para asegurarse que su desprecio me tocara) que la que tenía que esforzarse para hacerse entender era yo, no él. Hubiera podido ir, sentarme con F para admirar todo el arte que hay en ese lugar levantado por las manos de esos extranjeros -asiáticos- que seguramente entre el shock y el desplazamiento por la guerra y rodeados por el desprecio en su nueva casa, encontraron un refugio en Naropa y plasmaron ese infinito agradecimiento que vibra desde el techo en esa casa del té, hasta el cielo. El amor de los que migran es profundamente generosa con quienes nunca han dejado sus raíces más que para vacacionar. Hace muchos años, muchos, que no tomo leche de vaca. Preparé más café. Descansamos. Fuimos por pupusas veganas y platanitos fritos. Encontré unos hermosos zapatos hechos a mano en un Goodwill antes de continuar nuestro camino. Fui libre. Esto soy, contigo. A pesar del racismo imperante en esta casa, amo a un puñado hermoso de personas blancas. Tan hermoso como puede ser el fenómeno natural de abrazarnos unos a otros sólo por ser de la misma familia, sin que ninguna otra cosa importe. Pensar que Chogyam Trungpa fundó Naropa como ese experimento maravilloso de vernos unos a los otros sin distinción y sin discriminación.