El ejercicio de pensar, oigan. Creemos que pensar es un asunto complicado. Una especie de esfuerzo. En realidad somos una maquinaria muy interesante (iba de decir que la más hermosa del mundo, pero no… no). Interesante sí. El pensamiento es eso que nos mueve a respirar automáticamente. Habrá quien sostenga que esos sólo son impulsos: los impulsos provienen del pensamiento. Hemos creído, no sé por qué, que las emociones o los “sentimientos” son anteriores al pensamiento. En realidad, existen debido a que el pensamiento existe. La señal para que el mecanismo reaccione es enviada por el pensamiento. Así que no es tan difícil pensar, es tan sencillo como es sencillo respirar para cualquier persona saludable. Mi padre, a sus cincuenta años, ya padecía de enfisema pulmonar. Siendo menor que yo ahora mismo, yo: que puedo tomar el café que hice por goteo (porque fuera micro-plásticos de la cocina, por lo menos). La pobreza enferma. Pobre papá. Cuando tenía mi edad, poco antes de morir, alucinaba -no entendíamos por qué-. Lo que cuesta trabajo es reflexionar. Observar esa red que alimenta los impulsos, ponerla en duda, desandar el camino neuronal ya trazado y redirigirlo hacia el aprendizaje y la comprensión. Reflexionar es simple, incluso podría decirse que es un ejercicio placentero, pero no es fácil. Esta capacidad de sencillamente detenerse y rastrear en el pensamiento para poder rectificar es tan preciada que algunas culturas la consideran el “oro” de la consciencia. Y nosotros tan entrenados a valorar como oro espectáculo de la consciencia pensamos que reflexionar es cosa de otro mundo. Por eso los estafadores llegan a vendernos como sabiduría el sentido común más vulgarmente obvio, y lo pagamos no sólo con dinero, sino con algo más preciado: con adoración y obediencia, con sumisión. Como podrán ver hoy tengo tiempo, por lo tanto soy un poco menos esclava o un poco más libre (cuestión de enfoques), aunque yo soy de la creencia de que la libertad es o no es (como la poesía). Hace siglos ya que las indígenas nacemos dentro de nuestra propia prisión: la piel. En fin, pero resiliencia, verdad, ja. Lo que decía de la reflexión, caray: no cuesta dinero, cuesta tiempo, hay que detenerse para reflexionar. Observar el camino trazado y desandar hasta encontrar la encrucijada, luego decidir… medir, pesar, extraer, antes de continuar. La reflexión cura. Es absurdo que, una cultura, como la cultura indígena que sabe como crear el tiempo, construir el tiempo, ser una fuente de tiempo, pague con la vida el simple hecho de respirar. Mi padre no era indígena, era criollo: ojos verdes, tez blanca, un arco en el pie que nunca dejó de maravillarme. Mi papá tenía también un sentido del humor interminable, y solía decir: de la familia (se refería su familia criolla) como el sol, entre más lejos mejor. Nunca sabré si alguna vez se detuvo a ver el camino sin tener tiempo para desandar y arrepentirse. Siempre resistió, pobre. Quién diría después que a mí me pagarían por tener ideas y crear proyectos, por ese andar, observar, detenerme y desandar en la memoria de una ciudad en guerra. Nunca nadie me ha dado las ideas y los proyectos hechos. Nunca nadie me ha pagado únicamente para dirigir, siempre me han pagado para crear (por si alguien tiene alguna duda) todos los proyectos en los que he trabajado -por ejemplo, para promover la escritura- los he creado yo. He aprendido sobre las estructuras organizativas, de mujeres magníficas y generosas, como la historiadora Ángeles, quien fuera mi jefa, o la Doctora Amparo; qué hermoso recordar a mujeres como ellas: generosas y conscientes, qué manera de entregar el conocimiento y de permitir la libertad para crear con el conocimiento lo propio. Creo los proyectos, construyo los proyectos, los hecho andar para que dejen de ser proyectos y nunca los considero míos, son de y para todas. Pero si una se descuida llegan los machirulos o el sistema monogámico a destrozarlo todo -por eso es bueno levantar la mano y decir fui yo-. Me da un orgullo enorme saber que yo los hice, los hago y después los suelto para que los reproduzca quien quiera. Esa es para mí, la forma de construir en la pobreza: tenemos ideas y sabemos cómo crear realidades, aunque vivamos relegadas a un espacio diminuto en este mundo: seguimos siendo capaces también de crear tiempo. Todos los talleres que hemos construido en Mujer Migrante (junto a nuestras colaboradoras, o en solitario) estarán disponibles en forma de manual para que cualquier organización o mujer pueda retomarlos, estudiarlos, usarlos, o reconstruirlos a su manera pero sobre todo ojalá, pueda aplicarlos a su comunidad porque ¿qué creen? ¡Funcionan! Nos regalan un viaje a la reflexión impresionante. Ahora bien, estoy construyendo el tiempo para corrección de esos materiales y de nuestra web… pian-pianito. Lanzaremos quizá en agosto.
![]() |
| Diseño de Dani Landancé, para Mujer Migrante |
