Amo las mañanas. No como las aman quienes salen a correr y después regresan a la comodidad de su desayuno y su fortuna. Sino como quien disfruta un oásis en el desierto del cansancio. Me encanta ver la luz aparecer. Ese momento en el que las habitaciones van como llenándose de presencia. No sé. Y la calma. Hace meses que no lograba tener tiempo en la mañana. Mi vida fluctuaba entre tener este privilegio o descansar antes de salir corriendo a insertarme en la monotonía de las obligaciones. A dejar de ser yo. Ja. ¿Cuándo he dejado de ser yo? Tan pocas veces que resultan evidentes. No sé qué pensarían mis compañeros de la universidad esos días en que llegaba al salón arrastrada por mí, forzada. ¿Les platiqué que me arrolló un scooter? Bueno, todo salió volando. Mi hermosa tote bag, con mis hermosas llaves y mi hermoso llavero diseñado especialmente para Mujer Migrante a partir del logo que ilustró Dani Landancé, mis marcadores para subrayar en colores pastel, mis cuadernos .¿Quién lleva cuadernos a la escuela? En fin. Amo los cuadernos, las agendas, los marcadores, los plumones finísimos de muchos colores. A lo que iba: todo salió volando. Mi cuerpo intentó volar pero más bien aterrizó con la rodilla izquierda mientras el resto (incluido uno de mis hermosos pómulos) rebotó en el piso. Varias hermosas compañeras intentaron ayudarme a recuperar la dignidad, pero les dije que necesitaba un tiempo para recuperarme ahí mismo, abajo, donde fue el golpe. Era completamente yo. Hubiera dejado de ser yo si me levantaba pretendiendo que soy una adolescente. La chica del scooter que me atropelló estaba nerviosísima. Desde el suelo le dije que no pasaba nada, que estaba bien. Ay, pero me desvío mucho. Total que el vuelo de mis llaves y mi hermoso llavero se perdieron entre la maleza. No di con ellos. Arrastrando mi dolor fui al salón porque una inasistencia es cortar las alas de la abejita trabajadora. Y mientras esperaba a que comenzara a la clase dirigí la palabra, por primera vez, a uno de mis compañeros, después de presentarme brevemente: Oye .¿sabes si aquí, aparte de sillones despanzurrados, hay una oficina de objetos perdidos? Me respondió lo que esperaba y después comenzó a decirme que no podía con la clase, que desde el primer exámen había reprobado, que no lograba recuperarse presentando otros exámenes y qué tal vez se debía a que no había podido comprar el libro (un libro que cuesta 200 dólares). Mi compañero, negro (en el buen sentido del español, no en el mal sentido del gringo -por si las dudas-), hermoso, de unos treinta y tantos años, se veía cansado. Es obvio que trabaja 40 horas por semana a lo menos, y que su calificación no tenía nada que ver con el libro porque: yo había comprado el libro y sabía que era un error usarlo para los exámenes (o para algo): el profesor sólo examinaba a partir de su “cátedra” consistente en poner ejemplos como la película de Harry Potter. Mi compañero hermoso, estaba seguro, iba a reprobar la materia facilona. Una materia por la que pagó mil dólares, a costa de su sangre, de su vida dejada en el trabajo. Una materia a la que asistía desvelado y de la que no había entendido nada. Entender, en esa matería, consistía en no faltar, alzar la mano para suplicar responder, ubicar las películas que le gustaban al maestro y a partir de ellas prepararse para el examen. No menciono la materia porque es un tema delicado, muy específico, que se ofrece incluso como opcional para la maestría como terapeuta. Me hubiera gustado ayudarlo, me hubiera gustado decirle la verdad, pero yo estaba muy adolorida y tenía que quedarme a la “cátedra” de mal cine en la que por supuesto, esa yo que no soy aprobó con A, antes de dejar esa espantosa universidad (ojalá) para siempre.
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| Foto de La universidad ya extinta |
