Comencé a escribir una novela. Más bien, retomé una novela. Mis sueños son pequeñitos. No son sueños. Ayer platicaba con una amiga y le contaba de este sentimiento que cargo desde hace un par de años. Este sentimiento volvió con fuerza porque retomé este texto. Recuerdo la primera vez que intenté escribir esa novela. Tenía yo treinta y dos años y vivía en una casa semi-derrumbada pero silenciosa cuya distribución me encantaba. La cocina al centro con dos entradas: una que daba al pasillo que comunicaba a la biblioteca en la parte de atrás, al baño en medio y a mi recamara en la parte de enfrente, y otra entrada que daba al comedor y la sala con dos ventanales enormes por donde entraba la luz, los mantenía sin cortinas porque esos ventanales deban a la cochera (una especie de patio interior que permitía el aislamiento) no tenía vecinos. Me sentaba a escribir en la cocina, la cocina tenía una ventana que daba al patio trasero. Era muy acogedora esa casa, pero era literalmente una ruina. La dueña me la rentó a cambio de que le hiciera algunas reparaciones. La Catrina me ayudó durante semanas para reparar las paredes descascaradas donde pondría mi biblioteca, mi estudio. Antes había elegido ese lugar para recámara, porque también tenía una ventana que daba al patio trasero, con mucha luz, pero después pasaron cosas que me hicieron mudarme a la recámara de enfrente. Amaba esa casa, la ubicación, todo. Y me encantaba escribir en esa cocina, frente al refrigerador, ahí comencé a escribir esta novela, hace más de veinte años, en una laptop que ya no tengo. Recuerdo perfectamente el día que la abandoné. La descripción que hacía el personaje principal me produjo tanto miedo que cerré la computadora y no la volví a abrir. Ese texto se perdió en esa computadora, pero la historia, los personajes y sus vidas nunca se fueron. Así que en cuanto decidí retomarla volví a la casa de este personaje, a su sentimientos, a los aromas que produce y que lo rodean, a los materiales con los que vista y a sus preferidos momentos de soledad. No me cuesta ningún trabajo construir el ambiente en el que vive y sus pensamientos, nada. Está ahí, como si hubiera vuelto a visitarlo después de mucho tiempo. La que no está tan ahí soy yo. Ayer lo comentaba con mi amiga: antes el proyecto de escribir un libro me emocionaba, me envolvía completamente, ahora escribo sí, pero no existe en mí ninguna satisfacción motora. No sé cómo explicarlo. Creo que mi amiga lo explicó bien. “Quizá antes sentías que pertenecías a un todo colectivo llamado literatura o mundo literario, ahora que te has dado cuenta que ahí no existen más que concentraciones y reparticiones de poder y te has retirado, ya no sientes esa recompensa de ‘pertenecer’. Es como un duelo”. Un exilio, otra expulsión, tal vez me sentiré así toda la vida. Eso no se lo dije a mi amiga, nos la estábamos pasando bien, ja. No me interesaba lanzar al tobogán a mi autocompasión gorda, pero sí. Así me siento a veces. Aunque hay satisfacción sí. Hace unos días también concluí el primer capítulo, o sea, la introducción a ese mundo que esos dos traman (los personajes) y me pareció un capítulo redondito, perfecto, como una esferita y cuando escribí esa palabra con la que lo cerraba el capítulo (esa palabra que cae en su lugar) sentí ese si! Si! con el que mi cuerpo suele celebrar, un sí profundo. Un sí que no obtengo más que cuando hago literatura.


Esos sí que también celebran en algún lugar de Italia