Cuando la escritura se paraliza, en mi caso, no es que no esté ahí, o que no sepa o tenga de qué escribir. No tengo el dilema de la página en blanco. No lo digo por presunción, es que es una condición que no sé bien a bien si sea positiva o negativa. A lo que iba es que la escritura me da señales sobre mí. Empiezo a decir lo que está y de repente ese decir se paraliza. Tal cual: una parálisis. Lo que quiero contar no lo puedo decir. Hay en ese punto una desesperanza absoluta. Lo quiero decir, pero no lo puedo decir. Me asusta tanto lo que no puedo decir, y me asusta tanto esa forma de parálisis. Si yo siento esto, no me imagino lo que sentirán cuando están a solas esos a los que les gusta violar. No entiendo cómo es que pueden con la vida, viejos, situados en lugares de poder, simplemente no entiendo. En fin: tangentes cuando tengo esta sensación de que lo que necesito escribir se queda ahí, paralizado. No tiene nada que ver con violadores, es en relación a unos negativos que estoy trabajando y todo lo que pudiera decir sobre ellos suena tan increíble desde esta distancia. Ese cliché, diría aquella amiga que partió mi corazón tan preocupada por los clichés, de que la vida supera la ficción. Pero algo queda. Algo queda en los retazos de seda con los que también estoy trabajando, en los colores de los hilos, en el peso del papel de algodón entrelazados a la memoria.
