Tomé decisiones. Hice cosas de la vida a un lado. Dejé de centrarme en lo que catalogan los demás como “importante”  y comencé a enfocarme en la forma en que quiero sentirme en este espacio, la forma de estar aquí. Y bueno, funcionó. Cambié de universidad: elegí una cuya pedagogía es lo que yo denomino pedagogía zero-bullshit. Cero rodeos, cero manitas levantadas antes de opinar, cero sellito de abejita trabajadora. Entonces me ha quedado tiempo para encontrar valor y leer la última parte de esa novela de Yoko Ogawa que me resistía a terminar. Esas novelas que sientes que, si las terminas, estas cerrando la puerta de un mundo donde podrías vivir siempre. Hoy terminé de leer “La niña que iba en hipopótamo a la escuela” sabía que Ogawa no me decepcionaría. Con mucho cuidado, como si fuera un animalito dormido, tomé el libro y lo coloqué en ese lugar especial que tengo en el librero para los libros de Yoko. Lo puse en su huequito, como si estuviera escondiendo la colección de cajitas de cerillos con las breves y hermosas historias de Mina escritas en ellas. Como si realmente estuvieran ahí. Observé mi sentimiento y sí, es que están ahí. Son cajitas de cerillos construidas de lenguaje, de una manera tan sutil y magistral que transmiten su fragilidad y su secreto. Yoko Ogawa me parece sencillamente admirable. Sin vuelcos, sin aspavientos. La amo, ya saben. 

Foto del libro de Yoko Ogawa, sobre mi escritorio, dormidito.