La esclavitud moderna consiste en privarnos a nosotras mismas de nosotras mismas. He estado sin mí tanto tiempo durante estas semanas que siento una soledad inmensa. Venga, enemig@s, celebren! Que he sido tan esclava de todo estas últimas semanas que casi desaparezco. Culpen a ese casi de que he venido aquí, es tarde, mañana empiezo muy temprano en uno de mis trabajos, y más temprano en una de las escuelas. Eso: las instituciones y sus vaivenes y sus látigos. Que no he venido aquí a quejarme, vamos a ver. Pero estas semanas, he sentido que soy una pieza insertada en el mundo institucionalizado, una pieza que no puede escapar. Supongo que la realidad es así. Yo he elegido poner un pie en ese mundo y comenzar a explorarlo con el dolor y el agobio que significaría. Pero la de cosas que he descubierto, eso sí, en la deteriorada educación de este país son impresionantes. De verdad, hoy pensé en tomarme un descanso. Un descanso largo. Pero no es sólo eso. Eso es lo que me pesa. Me gustaría estar eligiendo el equipo de grabación de audio que vamos a utilizar en nuestro próximo proyecto. Pero cargo con esto, para poder hacer lo otro. Además me considero muy afortunada, la verdad. Lo soy. Que la existencia absurda de ciertas fachadas educativas me parezca insoportable, no significa que sea una mentira para todas las personas. Mis neutro divergencias exigen pasión, y cuando no hay pasión sino grados a cambio de obediencia y pérdida de tiempo, me desespero. Aunque entiendo que a muchas otras personas ese sistema les parezca holgado y confortable. La monotonía de lo falso. El espectáculo de la conciencia, verdad. Hay capas más profundas en mi desencanto. Un desencanto que no es total, sino la verdad, bastante orgánico. Esa capa profunda es mi madre. No quiero hablar de ella. Sino de cómo las madres viven en nuestras células y no nos queda más remedio que amarlas a veces con dolor, con un dolor que arrastra, que drena. No importa que uno se prepare, comprenda, este en paz: llega la biología, la genética con su fuerza de alma a arrancarnos de golpe lo que creíamos conquistado: la autonomía, el yo. Y ahí voy, con este colectivo celular, sin control sobre la corriente de mi propia genética resistiéndose a comprender que el cuerpo de una madre no se termina nunca. Que lo completo ha sido siempre un estado de ánimo.  Y hay que ir por él, rescatarlo de la corriente que lo ahoga y echarlo a andar como la madre nos de a entender… porque esto continúa. 


          Foto:  Pieza de Alberto Burri, tomada en Ex Seccatoi del Tabacco. Città di Castello (Perugia), Italia