Hoy como que mi cerebro dijo basta: me siento en el lugar distinto en el café, regreso a casa por una ruta diferente y en cierto momento pensé ¿y ahora? Tuve la certeza, por medio segundo, de que me había descolgado del gancho de la carnicería: era libre. Y de repente sí, uno construye su propia vitrina, arma con mucha paciencia el mostrador, le saca brillo, atornilla los ganchos cuidadosamente revestidos de cierta seguridad en una misma y se cuelga ahí a esperar a los postores. Una vive enganchada en sus propios proyectos, en sus propias construcciones mentales. En el fondo, a las personas pobres nos entrenan para eso: para vendernos, constantemente. Pero uno no puede sólo levantarse y venderse así no más. Uno se capacita, se entrena, se sazona y se construye. Ja. No sé qué barbaridades estoy diciendo, pero todo empezó porque ayer hice una apuesta en eBay para comprar una Olivetti Valentine. Ustedes saben que la imagen del salón en la academia de mi madre, en los años setenta, co...