Soy tan afortunada de poder entrar a este espacio, en una computadora personal (viejita, sí, no sometida a tantos y "novedosos" avatares tecnológicos, sí). Soy tan afortunada de tener un estudio donde entra la luz natural por la mañana, y un aparato donde preparar mi café y añadirle miel y crema. Darle el primer sorbo y luego soltar la escritura. No son las cosas lo que me convierten en una persona afortunada, son las circunstancias. No es el plástico de la cafetera, o el circuito de la máquina en la que escribo, ni siquiera los códigos que transforman lo que mis dedos hacen en el teclado en palabras. Son las circunstancias: un desierto, desde donde la muerte teje su telaraña, desde donde los políticos tapan una fosa con un pié y estiran la mano para cubrir la otra, luego levantan el pie para continuar avanzando y olvidan que lo usaban para ocultar una catástrofe. Son las circunstancias. Tengo amigas geniales en esta frontera. Con los hombres he podido lograr muy poco: un pintor que hizo un mural a lo largo y ancho del callejón para nuestra organización y desapareció; Antonio, que ha empujado-trabajado e insistido por un espacio Queer Only (y lo tendrá), Paulo, cuyas circunstancias económicas lo obligaron a regresar a México. Pero mis amigas son las mejores que podría haber encontrado, Lucille tiene la capacidad de ser perfecta en todo lo que se propone, desde los doscientos casos federales diarios que revisa en la corte de justicia, hasta la magia y la fuerza de su dedicación al budismo en un estado completamente cristiano ¿captan? (Lucille, convive con jueces que los fines de semana se retiran a cazar a sus ranchos: howdy!),  Susana, una narradora increíble y serrana que conoce los sistemas de vigilancia norteamericanos a la perfección (puesto que trabajó en uno de ellos), y mi hermana que, basta decir que es mi hermana y en casa no existe una persona cuerda. Recuerdo también a mi amiga Griselda que, debido a que su familia tuvo que huir de uno de los pueblos tomados por los brazos armados en México, se ha visto atribulada con trámites, resguardos, dinero para pagarle a los abogados, etc. pero es otra de mis amigas que tiene magia. Ni qué decir de Patsy, cinta negra de karate que, cuenta la historia, derribó a todas las escuelas de karatecas de hombres a nivel nacional, en los setenta. Las lesiones ahora le impiden hacer muchas cosas. Pero su mente continúa entrenada para pelear con lo que sea, de frente. A ella no la he tratado mucho, pero me cae muy bien.
Pero les hablaba de los hombres, y de la guerra. Y de la situación difícil de este borde. Los que tienen hijos están ocupados en defenderlos de los sistemas que los programan para alistarse como militares o policías, y es una labor difícil. El 99% de los niños que estudian en escuelas públicas en esta ciudad insiste en enlistarse en el ejército al terminar la preparatoria. Piensan que pilotear y bombardear países árabes es lo máximo; o detener narcotraficantes sanguinarios siendo parte de alguna policía especial es la aventura más alentadora. No es una coincidencia. La educación pública en esta ciudad también es reforzada por algunos programas de cable donde los militares y los policías son los héroes, y videojuegos donde la guerra resulta cuestión de unos cuantos pasos estratégicos que los hacen sentir inteligentes. De la virtualidad, a un paso de conocer la sangre verdadera que estalla con el olor a víceras de algún soldado reventado. O tienen otra opción: ser creativos, soñadores, aburrirse en clase, revelarse contra la institución, que los envíen con el psicólogo y comenzar a tomar medicamentos que les alteran la química cerebral desde muy tierna edad. En ciudades conservadoras como estas no se puede ser genial y pobre (porque la escuela pública te pondrá bajo fármacos). Después de la cita con el psicólogo, si los padres no obedecen las instrucciones de medicar al chico, pueden involucrarse en un enredo penal que los enjuiciará por desatención del menor. 
Tal vez por eso, creo yo, los hombres no han colaborado mucho en esta comunidad del barrio. Y mis amigos hombres son poquísimo. También por las distancias. Esta es una ciudad muy aplia que no está diseñada para peatones, sino para que cada mexicoamericano se vea obligado a contraer una deuda eterna para poder comprar un auto. El diseño de entornos que favorece la construcción de necesidades. Oh well. 
Estas es una ciudad ultra-conservadora, las mujeres se maquillan y usan zapatos de tacón para salir a comer a cualquier restaurante. Es mal visto decir y hacer ciertas cosas. Los mexicanos, aunque esta es una ciudad mexico-americana, seguimos siendo tratados por los mexiocamericanos como personas de segunda: qué decir de quienes entrenan en el Forth Bliss, uno de los campos militares más grandes de Estados Unidos; y de los departamentos de inteligencia federales: nos odian, somos escoria, basura, somos las caras que alimentan su desprecio.
Por eso, creo que soy afortunada. Me despierto con el silencio rodeando mi barrio, puedo preparar café sin que ningún otro cuerpo sea un obstáculo, entro a mi estudio rodeada de mis libros y comienzo a ejercitar esa adicción que me mata y me tranquiliza: llegar aquí, a esto. Preguntarme aquí por esto o aquello. Encarnar la fortuna y el agradecimiento. Me gusta pensar que es un poder que tengo: el poder de crear la realidad que vivo.
Tengo que ir al banco hoy. Deposito un cheque. El sólo hecho de pensar que me dirijo a un banco hoy hace que retrase todas mis actividades con cualquier escusa. Todo antes que llegar a ese edificio. Pero hoy, que he despertado muy agradecida por el simple hecho de estar milagrosamente viva creo que, puedo caminar al centro, con tu tésis en mi bolso, depositar el cheque, entrar al museo a ver esa maravillosa colección de arte del renacimiento, y luego detenerme en un café a leer, alejada de mi mascota que, últimamente está más demandante que nunca. Chau-chau.